Azulejos de Portugal: de la tierra al símbolo

Esta Semana Santa, durante una de las paradas de la vuelta al mundo de Camu·Camu, de repente recordé por qué las calles de las poblaciones de Portugal son tan icónicas. ¿Y es que qué sería una población portuguesa sin azulejos en sus fachadas?

Era un día de primavera de esos en los que el sol aparece un rato y luego se esconde, dejando paso a un cielo gris y a su chaparrón de rigor. Eso solo hizo que los reflejos de los azulejos destacaran aún más. Me llamaron especialmente la atención: mayoritariamente blancos y azules, pero también con toques tierra, y muchos con relieves originales que generaban contrastes de sombras interesantísimos. Y en medio de ese paseo, me surgió la duda: ¿en qué momento y por qué esto se convirtió en una seña de identidad de todo un país?

Origen en Al-Ándalus, rumbo al Atlántico

Aunque hoy los azulejos parecen inseparables de la identidad portuguesa, su historia comienza lejos del país. Esta técnica llegó a la península ibérica desde el mundo islámico, en concreto en el Al-Ándalus durante la Edad Media. De hecho, hasta la palabra en español y portugués proviene de ahí, “al-zulayj” (الزليج), que significa “piedra pulida” o “pequeña losa vidriada”, palabra que hacía referencia a las piezas cerámicas vidriadas utilizadas en la decoración arquitectónica. Y no, nada que ver con el color azul aunque parezca imposible.

En el siglo XV, dicen que el rey de Portugal Manuel I quedó impresionado por los azulejos de Sevilla y Granada tras alguna visita y decidió empezar a importarlos a Portugal para empezar a usarlos en algunas de sus construcciones.

Al principio, eran piezas con formas geométricas y colores vivos, propias de la tradición árabe. Pero con el tiempo, Portugal empezó a desarrollar un estilo propio, integrando escenas religiosas, marítimas y rurales. Lo que era una decoración pasó a ser en algunos lugares del país una manera de narrar historias e imágenes.

De objeto importado a arquitectura vernácula

Lo que más me impactó en Viana no fue solo la belleza de los azulejos, sino cómo muchos de ellos estaban integrados en casas humildes del casco viejo. Y es que, en Portugal, la arquitectura vernácula y los azulejos forman una simbiosisNo es solo arte sino que responde a lo que los edificios necesitan.

El clima de la costa Atlántica puede ser duro, es frío en invierno con fuertes rachas de viento y fuertes lluvias que caen para todos los lados posibles. Es habitual que el agua no caiga solo de arriba abajo. Por ello es primordial proteger bien las viviendas y los edificios de estos agentes externos. Y ahí es donde el azulejo tiene su papel no solo decorativo.

Los azulejos son hechos a partir de una pasta hecha principalmente de arcilla con arena y agua junto con otros elementos que ayudan a su amasado. Se secan al aire libre, se les hace una primera cocción en hornos y luego se esmaltan y decoran antes de proceder a la segunda cocción que vitrifica el esmalte y fija los motivos decorativos.

Este proceso hace que el material resultante tenga las siguientes características:

  • Aísla contra el frío
  • Es impermeable
  • Es resistente al salitre del mar

En Viana do Castelo, me sorprendieron azulejos con más relieves que otros que había visto en otros lugares del país y tras investigar un poco descubrí que esta característica es distintiva del norte de Portugal, donde las técnicas de producción incorporan texturas y volúmenes que juegan con la luz y la sombra. En contraste, en el sur del país, los azulejos suelen ser más planos y con patrones geométricos, reflejando una estética diferente. Esta diversidad regional es tan marcada que algunos expertos pueden identificar la procedencia de un azulejo con solo observar su diseño y textura.

De objeto importado a arquitectura vernácula

Hoy, decir “Portugal” sin pensar en azulejos es casi imposible. Están en postales, souvenirs como bolsos, joyas, libretas…, estaciones de metro tradicionales y hasta en murales contemporáneos. El azulejo se volvió símbolo porque supieron adaptarlo a todos los entornos, desde los palacios hasta las casas.

Más que un adorno, el azulejo cuenta parte de la historia de los portugueses, cómo mezclaron herencias culturales y cómo siguen apostando por lo estético en lo cotidiano.

La próxima vez que veas uno, míralo bien. No es solo un diseño bonito. Es historia, belleza y sabiduría popular, técnica y sin duda también resistencia.

Reflexión final

Hoy, más que nunca, necesitamos mirar hacia la arquitectura vernácula.

No se trata solo de rescatar estéticas del pasado, sino de entender por qué surgieron, qué solucionaban y cómo dialogaban con el entorno.

El azulejo es un ejemplo claro: nació de la necesidad, se convirtió en identidad y sigue siendo belleza funcional.

Aquí algunos ejemplos de viviendas contemporáneas que no lo usan por nostalgia, sino por sabiduría.

Diseños que reinterpretan la tradición para construir hoy en día.

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