Agadires, guardianes de la memoria rural del Anti-Atlas
Un acceso incierto, una bienvenida inesperada
Visualizamos el Agadir Inoumar al fondo del camino empedrado por el que descendemos, serpenteando en medio de un paisaje árido y seco. A nuestro alrededor, árboles de argán dispersos, montañas rojizas y el cauce seco de un río que atraviesa el valle. Lo vemos desde arriba: el granero fortificado, construido con tierra local, se mimetiza con el terreno. Si no fuera porque el tiempo y el abandono han dejado caer algún trozo, parecería un rectángulo infranqueable. A las espaldas queda el pueblo en el que hemos aparcado, donde algunas casas ya han caído y parece que solo vive una o dos familias. Creo que estamos solos. Llegamos al enorme portón de madera, cerrado en uno de los laterales. Es viernes y llegamos con dudas de si habrá alguien que nos abra la puerta. Oímos voces en inglés de fondo. Estamos de suerte: alguien nos abrirá.

Un cargo heredado, una historia familiar
Pasados unos quince minutos sale la chica con su guía y nos atiende un amable chico. Él es el nieto del último guarda que tuvo el granero mientras se usó como tal hasta alrededor del año 2000. Su padre y su abuelo vivieron con la familia en el mismo granero, en un par de habitaciones que hay a la entrada. Nos cuenta que es un cargo hereditario y que por eso ahora el mantiene el trabajo de guardarlo y enseñarlo. Nos explica que lo que vamos a ver y nos va a explicar es extensible a la mayoría de los 500 agadires de la zona del Anti-Atlas pero que este es más grande.

Mucho más que un granero: cómo funcionaban los agadires
Los agadires eran mucho más que graneros. Funcionaban como bancos colectivos para más de un pueblo cercano, en el caso donde nos encontramos, se juntaban treinta comunidades. En ellos se guardaba todo lo importante para las familias cebada, miel, aceite de argán, azúcar y hasta los documentos importantes. Nos enseña en alguno de los compartimentos hasta contratos y acuerdos de matrimonio en pergaminos. Y es que estos espacios tenían una doble razón de ser, por un lado preservar lo valioso frente a la humedad de las casas más cercanas al suelo, pero sobre todo para protegerlo de saqueos entre tribus. Hace 300 o 400 años, cuando se construyó, se vivía en una realidad marcada por tensiones y conflictos tribales, por lo que contar con una fortificación común vigilada era un respiro para todos.


Arquitectura colectiva y jerarquía de los compartimentos
El interior del agadir se articula en torno a largos pasillos flanqueados por decenas de compartimentos individuales distribuidos en tres alturas. La estructura general se levantaba colectivamente con piedra local y madera de argán para techos, puertas y hasta cerraduras y llaves. Luego cada familia disponía de un espacio o compartía espacio y acuerdos, según sus necesidades y posibilidades. Y es que dentro de los agadires las jerarquías también existían y los compartimentos de la planta baja solían asignarse a quienes tenían menos recursos (a pesar de estar separados del suelo, eran los más húmedos y fácilmente saqueables). Si hay algo que caracteriza la estética de los agadires son las piedras sobresalientes de los muros de piedra que servían como escaleras empotradas para acceder a los compartimentos superiores. El chico nos muestra cómo algún compartimento aún hoy en día mantiene tres candados como muestra de la importancia de lo que se guardaba. Si no venían a la vez los tres hermanos que compartían un mismo espacio, cada uno con su llave no podían abrir.



Defender lo común: vigilancia, confianza y gatos guardianes
Los agadires funcionaban gracias a unas personas clave, además del guarda que vivía —como explicaba antes—, había un vigilante por cada pueblo. Este se turnaba periódicamente para acompañar y controlar el acceso a los bienes, controlar quién se acercaba y defender el lugar si fuera necesario. Por eso todos los agadires se encuentran en puntos elevados, con buena visión periférica de quien se acerca, los máximos exponentes de esto que vemos son los agadires de Id Aissa y Aguelluy. El único cargo que recibía un salario por el servicio era el guarda, los vigilantes eran cargos comunitarios y de confianza. Y este servicio no se hacía a cambio de dinero, sino que cada familia entregaba tres medidas de cereal. Tres cuencos que se conservan en el agadir, el mayor era para el guarda, el segundo se destinaba a beneficencia, y la más pequeña… para los gatos. Sí, no me he vuelto loca, los gatos tenían su función en todo esto y hasta un hueco para ellos en las puertas y era el de encargarse de que los ratones no se comieran la cosecha.


¿Y ahora qué? Un futuro incierto
Y sentados en el típico sofá en U marroquí tomando un té mientras comemos alguna pasta típica con el chico en lo que un día fue casa de su familia charlamos de presente pasado y futuro de la zona. Hasta el año 2000 aún 300 familias usaban su compartimento ahora ya ninguna. Dice que en pueblos como el suyo, a veinte minutos montaña abajo, quedan entre 3 y 5 familias viviendo, que las casas están cayendo o que son visitadas una vez al año por sus dueños que ahora viven o en Europa o en ciudades grandes del país. Por lo que la despoblación sumada a las temperaturas extremas, está complicando mucho el mantenimiento del agadir y del entorno. Explica que, aunque el agadir fue restaurado en 2014 y otra vez en 2021 gracias a la asociación de vecinos, el Estado no se implica en el mantenimiento y que sin conexiones políticas, las aldeas más aisladas quedan fuera de todo. Comenta, con resignación, que hoy en día todo el dinero parece dirigirse solo a proyectos de mujeres, como si eso fuera suficiente para sostener lo colectivo y lo rural. No sé si es una crítica al fondo o a la forma, pero asegura que según su perspectiva y si no se hace nada, a este ritmo en 5 o 10 años nadie vivirá aquí.

Este texto se basa en la visita al agadir y en el relato transmitido por su guarda, complementado con lecturas específicas sobre los agadires del Anti-Atlas.
Datos prácticos
Fecha de la visita
Lugar
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Para saber más
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Consejos para la visita
Junio 2025
Agadir Inoumar, Anti-Atlas marroquí
Otros agadires mencionados: Id Aissa y Aguelluy
• Agadir es el término en tamazight, en su variante tashelhit, para designar los graneros fortificados comunitarios del sur de Marruecos.
• Artículo sobre las partes e historia breve sobre los agadir de Espacios Amaziges
• Escuchar el relato local como parte fundamental de la memoria viva del lugar
• Entender el agadir como un espacio patrimonial, no como una atracción turística
• Tener en cuenta que muchos agadires ya no cumplen su función original
• Ser consciente del contexto de despoblación y no asumir servicios cercanos
• Visitar desde el respeto al lugar y a las personas que lo habitan y cuidan
• Si se va en vehículo propio entender que no todas las carreteras de acceso están asfaltadas y que las indicaciones pueden ser confusas



