De la vergüenza a la complicidad: una tarde en el hammam tradicional marroquí
Confieso que ir al hammam tradicional ha sido algo que he postergado y me daba pereza. Y seguramente la pereza era más vergüenza que otra cosa. La idea de desnudarme delante de desconocidas sin saber cómo funciona el espacio ni cuáles son los códigos, sin hablar darija, me tenía inquieta. Pero tenía claro que no dejaba Marruecos en esta ocasión sin ir, ¿cómo no voy a probar algo que lleva en la rutina de las mujeres locales desde hace siglos? Me imaginaba siendo la novedad del día, la “guiri” que llega perdida, y echaba un poco para atrás. Elijo uno que me recomiendan mis caseras (Zhor y Raja, madre e hija) y voy para allá. Llego sobre las seis de la tarde, sudada y cansada, me dan una lista de precios, no sé muy bien qué elijo y para adentro.

Un ritual que empieza con jabón negro (beldi)
Me pasan al vestuario, me entregan una cesta de plástico, el guante, unas chancletas y me señalan las taquillas. ¿Ahora qué? ¿Me quedo completamente desnuda? Por si acaso, decido dejarme al menos la braguita del bikini. Yo y mi minimalismo: solo llevo una toalla minúscula. Viene a por mí una mujer envuelta en una gran toalla y me guía hasta una sala tipo sauna con asientos de piedra en forma de U. Tiene una disposición que me recuerda a las casas, pero con vapor y mucho calor. Deben de haber dos salas como esta; en la de al lado oigo voces y risas. Entiendo que me han traído aquí para que esté más cómoda. No sé muy bien qué hacer, yo confiaba en copiar lo que veía, pero estoy sola. Me voy a sentar y la mujer grita para frenarme y seguidamente coge agua fría para mojar la piedra y me indica que me siente. Creo que me ha salvado de una buena quemada. A continuación me da jabón negro, me explica y ejemplifica cómo aplicarlo por todo el cuerpo, y se va. Tengo una palangana con agua y dos cacitos al lado, no sé qué se supone que debo hacer con eso.
Me quedo sola, sin saber si usar el guante exfoliador. Pasan los minutos, saco la cabeza, creo que ella me ve y se ríe, hasta que me viene a buscar. Me lleva a otra sala, tenue y silenciosa, con camas de piedra alineadas y un grifo para cada una. Pienso para mis adentros que parece el escenario de una película extraña. Me pregunta con gestos si llevo champú. No habla ni una palabra de ninguno de los idiomas que hablo yo, y viceversa. Con mímica me indica que me tumbe boca abajo. Y entonces empieza.
Entre risas nerviosas y complicidad
Coge el guante kessa y raspa como si quisiera arrancarme la piel. El guante es como un papel de lija. Me duele, me entra la risa nerviosa y intento que ella no vea, pero yo pienso: “quién me manda a mí esto”. Me enseña el brazo: lleno de churritos blanquecinos, “peaux mortes” (piel muerta), me dice con semblante orgulloso. Continúa por todo mi cuerpo, me hace girar. Siento que le molestan las braguitas, las arremanga para llegar a todos los rincones. Intento bromear para romper el hielo; ella está tranquilísima. Y poco a poco la tensión de dos desconocidas se convierte no sé cómo en complicidad. Me aclara toda la piel muerta con cuidado, me limpia el pelo y me pregunta si estoy bien.
Posteriormente toca el masaje, ya que me pongo lo hago al completo. La mujer se ríe al verme intentar secarme con mi toalla del tamaño de trapo de cocina y me trae un albornoz. Y empieza el masaje con aceite esencial. En la sala no paran de entrar mujeres. En una de las veces me fijo y son niñas de unos quince años. Ella me dice en francés que lo siente, que es su hija y las amigas que vienen al hammam. Al acabar el masaje me deja tumbada y con algodones con agua de rosas en los ojos. Otra vez no sé qué hacer, pasan los minutos. Hasta que llega de nuevo con una sonrisa y me pregunta si quiero que me traiga la ropa. Me visto y me prepara un té que me tomo en la gloria en la sala central viendo pasar a las mujeres rumbo a su exfoliación. Lo que ha empezado como una tortura me ha dejado flotando de relajación. A los pocos minutos, mi masajista sale desnuda y con su cubo de la habitación donde me ha dado el masaje y, sonriente, me dice: “Ahora me toca a mí”.

Lo que me explicaron después en casa
Esa noche, en casa de Raja y Zhor, les cuento mi experiencia. Se ríen a carcajadas cuando les digo que al principio pensé que la señora que me estaba exfoliando me odiaba. Y me explican que, al contrario, la fuerza del exfoliado es un signo de cuidado: cuanto más se esmera y más fuerza le pone, mejor quiere que salgas. Raja me dice que ahora ellas prefieren hacerlo en casa. Desde la pandemia, los precios subieron y su madre improvisa el vapor con un kettle y cubos. Y que, cuando coincide el fin de semana, la avisa para que le pase el guante. “Me da muy fuerte mi madre, porque me quiere”, dice sonriendo.
También me cuentan que yo pagué entrada junto a la exfoliación de la lista de precios, pero que ellas, si van, pagan una pequeña cantidad por la entrada y la exfoliación se la hacen entre las acompañantes. Y que, si te apetece que te lo haga la trabajadora del hammam, se le da una propina. Y que nunca te dejes exfoliar la cara que no es bueno.
Le comento mi sorpresa con la naturalidad del desnudo dentro del hammam en contraposición con el pudor que he visto en las playas del país, donde todas las mujeres van con bañador que cubre brazos, piernas y cabeza, conocido popularmente como burkini, aunque no cubra el rostro. Entre ellas, si una se tiene que cambiar, organizan un campamento con sus cuerpos para cubrirla. Y me cuenta que ha sido una evolución de confianza con el entorno, antes las mujeres iban tapadas al hammam, por tradición religiosa. Raja, sin embargo, me confiesa que le incomoda y que en parte es el motivo por el que dejó de ir.
Hammam también en casa
A la mañana siguiente, mientras preparamos juntas el desayuno, Zhor me advierte que tardará en el baño y que si quiero ir. Veo el kettle calentando agua, cubos y palanganas listos. Coge algo de la nevera, entiendo que el jabón negro. Y no necesito más explicaciones: va a hacerse su hammam casero. La tradición en su casa continúa, adaptada a la intimidad del hogar.
Más que un baño: comunidad
Y me vuelvo deseando encontrar algún hammam tradicional en casa y habiendo comprado jabón negro y guante. Porque el hammam, me lo habían dicho, pero lo confirmo: no es solo un baño. Es un ritual de cuidado, de cercanía y de comunidad. Un lugar donde, tras mi corta experiencia y verificado con otras mujeres con las que he hablado, no hay complejos: da igual el michelín, da igual si vas depilada o no (yo iba con los pelos de un mes de viaje), da igual si prefieres ir con bañador o bikini y la otra sin nada. Es un sitio que carga pilas, baja revoluciones en compañía y te deja con la piel más fina que hayas tenido jamás.
Datos prácticos
Fecha de la visita
Lugar
Para saber más
–
–
–
Consejos para la visita
Nota
Junio 2025
Hammam tradicional de barrio, Agadir
• Ritual de higiene y cuidado corporal de uso cotidiano en Marruecos, especialmente vinculado a la vida social femenina.
• Tradicionalmente asociado al uso del jabón negro (beldi), el vapor y la exfoliación con guante kessa.
• Qué llevar: guante kessa, jabón negro, champú, toalla y chanclas.(En algunos hammam es posible comprar estos productos allí mismo).
• Cómo funciona: primero se pasa por la sala de vapor para abrir los poros y aplicar el jabón negro; después viene la exfoliación con el guante, el aclarado y el lavado del pelo.
• Opcional: exfoliación facial y masaje posterior con aceites esenciales.
• Costumbre: muchas mujeres acuden con amigas o familiares y se exfolian entre ellas.
• Si lo hace la trabajadora del hammam, se deja una propina.
• Horarios: suelen estar abiertos durante todo el día, con mayor afluencia por la tarde-noche.
• Las prácticas pueden variar entre hammams. Lo descrito se basa en una experiencia personal.



