Un autobús, una conversación y el peligro de una sola historia
Un autobús es un espacio curioso.
Evidentemente no es casa, pero tampoco es del todo espacio público. Es un interior compartido. Un lugar donde personas desconocidas aceptan una proximidad que, en otro contexto, seguramente sería incómoda.
Hace unos días, en una conversación que tuve con una vecina en un bus de camino al trabajo, apareció algo que a muchas os sonará: hablar de “los marroquíes” en España como si fueran un bloque homogéneo, como si una experiencia concreta pudiera explicar a todo un país.
Y no solo eso. También sucedió algo que suele aparecer en este tipo de conversaciones. Al llevarle la contraria e insistir en que no se puede explicar todo un país a partir de unas cuantas experiencias, recurrió al otro argumento habitual: “es que no conoces suficiente Marruecos ni a la gente que viene de allí, y yo conozco mucha gente que piensa lo mismo que yo”.
Sin saber absolutamente nada de la persona que tiene delante. Su experiencia convertida en verdad porque, según ella, “yo no he visto bastante”.
El autobús como espacio compartido
En un interior compartido, las palabras no se las lleva el viento y pueden ser escuchadas por terceros. Y más allá de lo que opinamos o cómo generalizamos sobre algo, ¿cómo cambia un espacio para algunas personas cuando ciertas narrativas se pronuncian en voz alta?
En un autobús nadie puede simplemente dejar de escuchar una conversación. Las palabras atraviesan el espacio, y no siempre sabemos quién puede estar escuchando. A veces hablamos como si nuestras afirmaciones fueran neutrales, pero en realidad forman parte de un estereotipo compartido que puede estar amargando el día a alguien.
Salí del autobús con mal cuerpo y empecé a buscar por qué las personas tendemos a hacer esto.
El peligro de una sola historia
Buscando entender por qué tendemos a hacer esto, me encontré con Chimamanda Ngozi Adichie y su idea del “peligro de una sola historia”. Tras escuchar su maravilloso discurso, entendí mejor lo que había pasado.
Adichie explica que las historias que contamos importan. Importan porque moldean la manera en la que vemos a los demás, y condicionan lo que creemos posible sobre un lugar. Saber muchas historias de un lugar nos da muchos ángulos distintos desde los que mirarlo. El problema aparece cuando una de esas historias se convierte en la única.
Cuando solo escuchamos una historia sobre un grupo de personas, terminamos reduciéndolas a esa narración. Y esa historia empieza a repetirse hasta que parece describirlo todo.
Ahí es donde nacen los estereotipos. Y lo que me parece interesante de lo que plantea Adichie es que el problema de los estereotipos no es necesariamente que sean falsos. A veces contienen algo de verdad. Lo peligroso es que son completamente incompletos y convierten una parte de la realidad en la totalidad de la realidad.
Cuando una historia se repite lo suficiente, acaba sustituyendo a todas las demás. Y eso es lo que estaba pasando en aquella conversación en el autobús. Una experiencia concreta convertida en explicación universal. Una historia que se repite hasta parecer suficiente para explicar todo un país.
Ningún país, ninguna cultura y ninguna comunidad caben en una sola historia. Escuchar más historias no elimina los problemas ni borra las diferencias, pero si nos hace mucho más cercanos.
Tenerlo presente puede ayudar a cambiar algo en los espacios que compartimos.
Y, por consiguiente, a que todos estemos más a gusto.
Si alguien quiere profundizar en temas parecidos, a mí me está ayudando el GPT para ChatGPT de @afrofeminas anclado en su perfil de instagram.



