Agadir Oufella: Memoria entre ruinas
Un teleférico hacia la memoria
Me encuentro en el teleférico que sube poco a poco hasta la colina de Agadir Oufella. Desde la cabina, a un lado, la bahía de Agadir con sus kilómetros de playa. Al fondo, la ciudad moderna se extiende de forma ordenada, poco habitual en Marruecos. En la cima de la colina, justo por encima del texto que preside Agadir desde 1956 con letras blancas enormes y visibles desde cualquier rincón de la ciudad —“الله، الوطن، الملك”, lo que significa Allāh, al‑waṭan, al‑malik (Dios, Patria, Rey)—, se empiezan a ver las murallas de las ruinas de la fortificación de Agadir. Una fortificación que dio respuesta a mi pregunta a Raja el otro día: ¿cómo es que no hay una zona antigua en la ciudad? Y es que sí hay una zona que se llama medina, pero hecha por un artista y que no tiene nada de antigua; la ciudad habitada hasta 1960 se encontraba aquí arriba. Además, me sorprende que incluso en los sitios oficiales la llamen Kasbah, aunque no lo sea. El uso del término se extendió en la ciudad durante el Protectorado francés, pero esta estructura era en realidad una fortificación que protegía la antigua medina. Llego arriba, las vistas ya valen la pena. Dudo si entrar o no, pero una charla con las chicas que trabajan allí termina por convencerme.


Las pasarelas suspendidas sobre la historia
Tras pasar por la puerta en la muralla emblema del lugar —parte resistió y además tiene una inscripción en holandés que recuerda al importante lugar comercial que fue la ciudad con comerciantes europeos—, el peso de la historia se siente muy presente. Sobre las ruinas (lo poco o nada que queda) se han construido pasarelas de madera IPE que trazan lo que eran las calles que una vez recorrieron los habitantes de la medina. No tocan el suelo, bajo ellas descansan miles de cuerpos. Me explican que tras el terremoto de 1960, cuando las labores de búsqueda se interrumpieron por miedo a epidemias, quedaron enterradas allí muchas personas. La norma islámica no permite pisar donde reposan los muertos, se convierte en lugar sagrado, de ahí las calles suspendidas.

La vida cotidiana antes del 29 de febrero de 1960
Solo es gracias a las fotos y alguna pared o suelo de casa que queda, o que se ha reconstruido, que se puede llegar a imaginar la vida cotidiana que había aquí antes del desastre. Fotos de la cafetería del pueblo llena, del hammam que al mediodía se abría solo para mujeres, y del pozo de donde hasta 1953 ellas cargaban agua hasta sus casas. Los niños estudiaban en la mezquita con métodos tradicionales hasta que, en 1946, llegaron formas de enseñanza más modernas y una escuela. La mezquita, las tiendas, la plaza, el hospital, el souk… todo eso quedó sepultado en apenas quince segundos, la noche del 29 de febrero de 1960, la segunda del Ramadán. La tierra tembló con una magnitud de 5,8 y arrasó Agadir. Murieron entre 12 000 y 15 000 personas, casi un tercio de la ciudad. El 95% de la ciudad quedó hecha escombros y se decidió entrar con bulldozers y acabar con lo poco que quedaba para eliminar estructuras inestables y sanear la zona. Así, la ciudad fundada en el siglo XIV quedó reducida a escombros y Agadir se volvió a levantar unos kilómetros más al sur, proyectada ahora sí con normas antisísmicas y plan urbanístico.


Un lugar sagrado en clave femenina
Entre las ruinas hay un lugar que concentra la memoria femenina de la Kasbah: el mausoleo de Lalla Yamna. Según la tradición oral, Lalla Yamna vivía en la fortificación con su familia, y una noche uno de sus parientes observó que la piedra del molino giraba sola. Desde entonces, la familia entendió que estaba bendecida y empezó a tratarla con respeto. También se dice que, durante uno de los ataques iberos, mientras los hombres estaban en campaña militar (algo habitual en la época), ella se encargó de defender la ciudad. Tras la hazaña y tras haber sufrido prolongado maltrato familiar, fue venerada como santa. En torno a su mausoleo, las mujeres mayores se reunían para cantar, y las jóvenes acudían de vez en cuando, todas buscando protección y consuelo. Aún hoy, su figura se mantiene como símbolo de memoria y refugio femenino, siendo uno de los pocos lugares reconstruidos por completo.

El eco del terremoto en el presente
Caminar hoy por Agadir Oufella es avanzar entre ruinas, murallas restauradas y relatos que sobreviven. Desde lo alto, el contraste es fuerte: la ciudad moderna abajo, fruto de la reconstrucción, y arriba el silencio, las pasarelas y la memoria de quienes ya no están.
Y aunque el terremoto de 1960 parezca lejano, Marruecos volvió a temblar hace relativamente poco. La noche del 8 de septiembre de 2023, un seísmo de magnitud 6,8 sacudió el Alto Atlas y causó cerca de 3 000 muertes. Fue el más devastador desde aquel de Agadir que, por lo que cuentan, también se sintió en sus paredes.
Y mientras bajo a pie la montaña, por caminos hechos de piedra y flanqueados por cactus, completamente sola hasta la modernidad de la Marina, me doy cuenta de que no ha sido solo una parada turística, sino un lugar que recuerda lo efímero y vulnerable de la vida y de la tierra, la capacidad de las personas para rehacerse y la fuerza de las mujeres en esa memoria.




