Hepeating: Cuando la misma idea cambia de valor según quién la dice
Ya me había pasado antes, pero cuando me mudé a Canadá y volvió a ocurrir pensé que el problema era mi inglés.
Estaba trabajando en Canadá como arquitecta y asistía a reuniones con clientes, ingenieros y proveedores. Casi siempre era la única mujer sentada en la mesa. En varias ocasiones proponía una idea y la conversación seguía como si no hubiera dicho nada. Minutos después, mi socio (que además es mi pareja) planteaba exactamente la misma propuesta y entonces sí se escuchaba. La idea, que unos instantes antes había pasado desapercibida, de repente parecía tener valor.
La primera vez me pareció una casualidad. La segunda pensé que quizá no me había explicado bien. Al fin y al cabo, trabajar en otro idioma siempre exige un esfuerzo extra y es fácil atribuir a eso cualquier malentendido.
Con el tiempo, mi propio socio también empezó a darse cuenta de que aquello ocurría. En alguna reunión, cuando veía que una idea mía había pasado desapercibida y la conversación avanzaba en otra dirección, intervenía para decir: «Como ha dicho Pat…». Bastaba con esa frase para que la propuesta volviera a la mesa y, de repente, sí encontrara atención.
Años después descubrí que aquello tenía un nombre: hepeating. Y, aunque ponerle una etiqueta no cambiaba el hecho, sí me ayudó a entender que no era una experiencia exclusivamente mía.
¿Qué es el hepeating?
El término hepeating surge de la unión de he (él) y repeating (repetir) y se utiliza para describir una situación que muchas mujeres reconocen enseguida: una mujer hace una aportación, esta pasa desapercibida y, cuando un hombre expresa exactamente la misma idea, recibe atención y reconocimiento.
El término empezó a popularizarse en 2017 gracias a un tuit de la astrofísica estadounidense Nicole Gugliucci. En él explicaba que unas amigas habían empezado a utilizar esa palabra para describir la situación que les pasaba a todas. El tuit se hizo viral y el término empezó a utilizarse para poner nombre a una experiencia que, hasta entonces, muchas mujeres habían vivido sin saber muy bien cómo describirla.
Eso no significa que cada vez que una idea se repite estemos ante un caso de hepeating. Tampoco que quien la repite lo haga necesariamente con intención de apropiársela. De hecho, muchas veces ni siquiera somos conscientes de que está ocurriendo. Lo interesante del concepto no es tanto señalar culpables como invitarnos a observar una pregunta más amplia: ¿a quién tendemos a escuchar con más atención y a quién atribuimos credibilidad de forma casi automática y porqué?
Lo que más me hizo pensar
Siempre había asociado Canadá con un país especialmente avanzado en cuestiones de igualdad. Quizá por eso, durante bastante tiempo, busqué otras explicaciones. Pensé que era mi inglés, que no me estaba expresando bien o que simplemente estaba interpretando mal la situación. Me costaba creer que aquello pudiera tener algo que ver con el hecho de ser mujer.
Con el tiempo me di cuenta de que muchas de estas dinámicas pasan casi desapercibidas. No suelen aparecer en grandes titulares ni en situaciones evidentes. Se cuelan en conversaciones cotidianas, en reuniones de trabajo o en pequeños gestos que, por separado, parecen insignificantes.
Si una única vez alguien no presta atención a una idea, probablemente no signifique nada. Pero cuando esa misma situación se repite con frecuencia y, además, observas que la reacción cambia únicamente en función de quién pronuncia la misma frase, resulta difícil seguir interpretándolo como una casualidad.

La consecuencia más invisible
Sin embargo, con el paso del tiempo me di cuenta de que lo que más me había afectado no era que otra persona recibiera el reconocimiento por una idea.
Lo que realmente cambió fue mi forma de participar.
Sin proponérmelo, empecé a intervenir menos en las reuniones. Esperaba más tiempo antes de hacer una propuesta, e incluso llegué a dudar de planteamientos de los que estaba convencida.
No fue una decisión consciente. Tampoco creo que ocurriera de un día para otro. Fue algo mucho más gradual y, precisamente por eso, más difícil de detectar.
Muchas veces hablamos del hepeating como un problema de reconocimiento, pero creo que también tiene otra consecuencia de la que se habla menos. Si una persona percibe repetidamente que sus aportaciones tienen menos recorrido, es bastante probable que acabe reduciendo el número de veces que decide hacerlas.
Y entonces el problema deja de ser únicamente quién recibe el mérito.
También pasa a ser quién termina ocupando menos espacio en la conversación.
Habitar también las conversaciones
A menudo escribo sobre cómo habitamos las ciudades o las viviendas. Me interesa observar cómo el espacio condiciona la manera en que vivimos y cómo, a su vez, nosotros transformamos ese espacio.
Pero también habitamos una oficina, una reunión, una universidad o una conversación. Y me pregunto hasta qué punto la manera en que esos espacios responden a nuestra voz acaba condicionando también la forma en que los ocupamos.
Al final, la manera en que un espacio responde a nuestra voz también acaba condicionando cómo decidimos ocuparlo.
No creo que el hepeating explique por sí solo por qué muchas mujeres hablan menos en determinados contextos profesionales. Sería una simplificación. Igual que tampoco todas las interrupciones, todos los silencios o todos los desacuerdos responden necesariamente a un sesgo de género.
Pero sí me parece interesante preguntarnos qué ocurre cuando pequeñas situaciones como esta se acumulan durante años. ¿Hasta qué punto modifican nuestra manera de participar? ¿Cuántas veces dejamos de insistir porque intuimos que nuestra aportación tendrá menos recorrido? ¿Y cuántas veces quienes están alrededor ni siquiera son conscientes de que eso está ocurriendo?
Un gesto pequeño que intento repetir
Desde que entendí lo que era el hepeating, intento prestar más atención a estas situaciones. No siempre son fáciles de detectar y seguramente yo misma habré pasado por alto muchas veces ideas que otras personas habían planteado antes.
Pero cuando sí lo veo, procuro hacer algo muy sencillo: devolver la conversación al punto donde empezó.
A veces basta con decir: “Creo que esa idea la había comentado ella hace un momento” o “Me ha parecido muy interesante lo que ha dicho, ¿puedes desarrollarlo un poco más?”.
No creo que un gesto así resuelva un problema estructural. Pero sí puede cambiar algo importante: quién recibe el reconocimiento por una aportación y, quizá también, quién siente que merece la pena volver a levantar la mano la próxima vez.
Poner nombre a lo que parecía una casualidad
Descubrir el término hepeating no hizo que dejara de ocurrir. Tampoco cambió lo que había vivido en aquellas reuniones de Canadá.
Lo que sí cambió fue mi manera de interpretarlo.
A veces pensamos que poner nombre a una experiencia sirve para clasificarla. Yo creo que, sobre todo, sirve para hacerla visible. Y cuando algo deja de parecer una casualidad aislada y empezamos a reconocer un patrón, también resulta más fácil preguntarnos por qué ocurre y qué podemos hacer para cambiarlo.
Quizá la próxima vez que estés en una reunión detectes una situación parecida. O quizá no. Pero desde que entendí lo que era el hepeating, hay una pregunta que me acompaña con frecuencia: ¿a quién estamos escuchando realmente y por qué?
Porque, a veces, la diferencia entre que una idea prospere o se pierda no está en su calidad, sino simplemente en quién la pronuncia.




