Machiya: cómo era vivir en una casa tradicional japonesa

Japón fue un viaje improvisado, a un país que aún queda muy lejos en la vuelta al mundo por etapas de Camu·Camu. Esta vez el objetivo era simplemente viajar, sin visitas a casas ni entrevistas previstas.

Pero desde que puse un pie en el país no pude evitar fijarme en esas fachadas estrechas, las celosías de madera y todo lo que apenas dejaban entrever desde la calle. Parece que las gafas de Camu·Camu ya viajan conmigo aunque no sea el objetivo del viaje. En algún momento apareció inevitablemente la pregunta: ¿cómo no voy a intentar comprender por qué eran así y cómo sería la vida dentro de una de ellas?

Calle histórica japonesa con fachadas de madera y casas tradicionales.

Fue en Nara, recorriendo la Naramachi Kōshi-no-Ie, una recreación de una machiya tradicional, y después en Kioto, visitando la casa museo del artista Kawai Kanjiro, cuando muchas de las cosas que llevaba días viendo empezaron a tener sentido.

Una cosa es reconocer los tatamis, las puertas correderas o esos pequeños jardines que tantas veces asociamos con la arquitectura tradicional japonesa en fotos. Y otra bastante distinta recorrer una casa y descubrir que casi cada una de esas decisiones responde al clima, al trabajo o a la forma de vida de quienes la habitaban.

Porque una casa puede contarnos muchas más cosas de las que parece: cómo se trabajaba, cómo se organizaba una familia, quién cuidaba de quién o qué relación tenían sus habitantes con la calle y con su propia intimidad.

Así que haré un pequeño ejercicio: ¿cómo sería tu casa si hubieras nacido mujer en una ciudad japonesa hace 300 años?

Vivir y trabajar en una machiya

Si pertenecieras a una familia de comerciantes o artesanos, probablemente vivirías en una machiya, la casa urbana tradicional vinculada a estos oficios. Desde la calle no parecería especialmente grande: una fachada estrecha de madera, protegida por celosías, tras la que se escondería una parcela que se prolonga muchísimo hacia el interior de la manzana.

Esta forma tan característica tiene una explicación. Durante el periodo Edo los impuestos estaban relacionados con la anchura de la fachada de las propiedades, por lo que las casas fueron creciendo hacia el fondo y dando lugar a esas parcelas estrechas y profundas que todavía hoy podemos encontrar en barrios históricos de Nara o Kioto.

Vista aérea de las parcelas estrechas y profundas de las casas tradicionales japonesas.

Pero lo interesante empieza cuando esa forma de la parcela se cruza con la vida que ocurría dentro.

La parte más cercana a la calle estaría destinada al comercio, mientras que, a medida que avanzaras hacia el interior, la casa se iría volviendo más privada.

La casa estaría dividida longitudinalmente en dos franjas: una más ancha, donde se situaban las habitaciones, y otra más estrecha que recorría la vivienda de principio a fin: la tōriniwa.

Tōriniwa de la machiya de Nara, doble espacio con estructura de madera, cocina y zona de servicios de la casa.
Esquema de la Tōriniwa entre viviendas

Era una especie de calle interior de doble altura y suelo de tierra que conectaba la entrada con el fondo de la parcela. Por allí entrarían personas y mercancías sin necesidad de quitarse los zapatos, pero también se desarrollarían muchas tareas domésticas y se encontraría la cocina y baño.

Para acceder a las habitaciones tendrías que descalzarte y subir el pequeño escalón que separaba el suelo de tierra de la parte elevada de la casa de madera.

Si subieras a la planta superior, encontrarías espacios bastante diferentes a las habitaciones de abajo. Los techos eran más bajos y parte de la planta quedaba abierta, dejando a la vista la estructura de madera. Estos espacios se utilizaban principalmente para almacenar y secar grano, aprovechando la altura de la casa. Con el tiempo, en algunas machiya las plantas superiores también se aprovecharon como espacios habitables, adaptándose a las necesidades de las familias.

Y si continuaras recorriendo la parcela hasta el fondo, después de atravesar las habitaciones y un pequeño jardín interior, llegarías a una construcción independiente destinada al almacenamiento. Allí se guardaban pertenencias y productos de la familia, separados de los espacios donde transcurría la vida cotidiana.

Si en ese ejercicio que hacíamos al inicio imaginamos que eres una mujer, participarías en el negocio familiar mientras asumirías también gran parte del trabajo doméstico y de cuidados.

Cocinar, mantener la casa, cuidar a los niños o atender a los familiares mayores formaba parte de una rutina que sucedía en el mismo lugar en el que se trabajaba y se recibía a los clientes. Vida productiva y cuidados compartían espacio, y eso hace difícil leer la planta separando simplemente trabajo y vivienda.

Plano de planta de una machiya que muestra las habitaciones, el pasillo lateral y los patios interiores.

Y creo que ahí la machiya empieza a contar algo más que una forma de construir.

Una casa que cambia con la vida

Las habitaciones tampoco funcionaban exactamente como estamos acostumbradas a pensar las nuestras (en España). No encontraríamos necesariamente un salón, un comedor y un dormitorio independientes, sino espacios capaces de cambiar de uso según el momento del día.

En una misma habitación podrías comer, recibir una visita, trabajar y, cuando llegara la noche, extender los futones para dormir. Los paneles correderos permitían además unir varias estancias o volver a separarlas dependiendo de las necesidades de la familia. Y hasta las escaleras podían convertirse en muebles de almacenamiento, como ocurría con las hako-kaidan, que aprovechaban cada peldaño para incorporar cajones.

Recorrer la casa de Nara me hizo pensar en hasta qué punto hemos normalizado que cada habitación de nuestras casas tenga una función asignada. Aquí, en cambio, eran las actividades cotidianas las que iban transformando el espacio.

Y esa flexibilidad seguramente implicaba también mucho trabajo que no vemos cuando admiramos una habitación de tatami vacía. Los futones que aparecían por la noche tenían que guardarse por la mañana, las habitaciones prepararse para otros usos y la casa adaptarse una y otra vez a las necesidades de quienes la habitaban. Una parte de ese trabajo cotidiano recaía, de nuevo, sobre las mujeres.

Una arquitectura que responde al lugar

Había otra cuestión que me intrigaba especialmente. Si las machiya eran tan estrechas y profundas y estaban pegadas a las viviendas vecinas, ¿cómo conseguían que la luz y el aire llegaran hasta todos los puntos del interior?

La respuesta estaba en esos pequeños patios que tantas veces había visto durante el viaje sin entender del todo su función. No solo mantenían una relación visual constante con el exterior, sino que interrumpían la enorme profundidad de la parcela y llevaban luz y ventilación hasta las habitaciones interiores.

La tōriniwa, con su doble altura, también ayudaba a que el aire recorriera longitudinalmente la casa. Incluso la cubierta participaba en esa ventilación.

En la zona de cocina había unas pequeñas aberturas elevadas que permitían evacuar el humo del hogar. En la Naramachi Kōshi-no-Ie todavía se puede ver esa característica salida de humos sobre el tejado, que además estaba diseñada para facilitar su limpieza y mantenimiento.

Algo parecido ocurría con el kōshi, la característica celosía de madera de la fachada. Desde dentro permitía observar la calle mientras dificultaba las vistas desde fuera, pero al mismo tiempo dejaba pasar el aire y tamizaba la luz. En la Naramachi Kōshi-no-Ie explicaban además que sus diseños podían variar según el oficio de la familia, por lo que la fachada también daba pistas sobre quién vivía y trabajaba detrás.

Esa celosía me parece especialmente interesante porque resume bastante bien la relación de la machiya con la calle. No la elimina, pero tampoco expone completamente la vida que sucede dentro. Entre lo público y lo privado, la machiya va colocando filtros: celosías, patios, cambios de nivel y espacios intermedios.

Y no puedo evitar preguntarme cómo se viviría esa posibilidad de observar la calle desde el interior para las mujeres que pasaban buena parte de su tiempo vinculadas al espacio doméstico. No significa que todas vivieran de la misma manera ni que permanecieran encerradas en casa, pero sí nos recuerda que la relación entre vivienda y calle tampoco era igual para todos sus habitantes.

El clima termina de explicar muchas de las decisiones que encontramos al recorrerla. Los aleros protegían del sol y de la lluvia, el suelo elevado separaba la estructura de madera de la humedad y permitía que el aire circulara por debajo, y materiales como la madera, la tierra o el papel podían repararse y sustituirse cuando era necesario.

Y a todo esto se sumaba otra condición inevitable en Japón: los terremotos. La construcción tradicional recurría a estructuras de madera y uniones que podían absorber ciertos movimientos sin comportarse como una estructura completamente rígida. En sistemas como el ishiba-date, por ejemplo, los pilares de madera descansaban sobre piedras de cimentación (soseki) sin quedar fijados rígidamente a ellas.

Más que una única solución, la machiya reúne muchas pequeñas respuestas a una parcela complicada, un clima cálido y húmedo y una determinada forma de vivir.

¿Y qué ocurre con las machiya hoy?

La Naramachi Kōshi-no-Ie que visité ya no es una vivienda. Abrió en 1992 para mostrar cómo eran estas casas tradicionales y cómo se habitaban. Pero caminando por Nara todavía pueden encontrarse machiya que forman parte de la ciudad, algunas como viviendas y otras transformadas en cafeterías, comercios o alojamientos. En Kioto, donde continué encontrándomelas durante el viaje, esta transformación es todavía más evidente.

Mantenerlas no es sencillo. Requiere tiempo, dinero y artesanos que conozcan técnicas tradicionales que cada vez son más difíciles de encontrar, mientras que las necesidades de una familia japonesa actual poco tienen que ver con las de una familia de comerciantes de hace trescientos años.

Por eso quizá el reto no sea conservarlas exactamente como eran, congeladas en el tiempo, sino conseguir que puedan seguir formando parte de la vida de las ciudades sin perder aquello que nos permite entender de dónde vienen.

Yo entré en aquella casa intentando comprender qué había detrás de las fachadas que llevaba días mirando y salí con bastantes más preguntas. Sobre la flexibilidad de nuestras propias casas, sobre esa separación tan clara que hoy hacemos entre vivienda y trabajo, sobre quién ha sostenido históricamente el trabajo necesario para que una casa funcione o sobre nuestra manera de aislarnos del exterior y del clima.

Japón no iba a ser un viaje de Camu·Camu, pero supongo que precisamente de eso va el proyecto. De que una vez empiezas a mirar las casas preguntándote qué vidas han ocurrido dentro, es bastante difícil dejar de hacerlo.

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